La llegada del subterráneo a Tláhuac es una señal de que el ritmo tranquilo de su pequeño espacio, único en la capital mexicana, pronto llegará a su fin. De hecho, ya estaba desvaneciéndose.
Tras una agotadora prueba de manejo de dos horas al sureste desde el centro de la ciudad de México, y luego de pasar por congestionamientos paralizantes de tráfico y nubes de esmog que irritan la garganta, la bruma blanquecina de la contaminación da paso a un cielo azul pálido.
En una embarcación de fondo plano atada a un sauce, Crispín Mateos Galicia acarrea sedimento en una cubeta de plástico para fertilizar semilleros de calabaza en su chinampa, un islote agrícola flotante construido en las aguas poco profundas que fluyen del lago de los reyes aztecas.
Es una rutina que se ha mantenido durante cientos de años en las aguas que solían cubrir el Valle de México. Pero apenas más allá de la línea arbolada, el futuro se avecina.
LA LLEGADA DEL SUBTERRÁNEO
Dentro de una estación ferroviaria recientemente construida y ubicada aproximadamente 800 metros al norte, una enorme grúa descarga suavemente un brillante tren anaranjado sobre las vías de una nueva línea del metro, un proyecto de 1.700 millones de dólares que recorre 24 kilómetros de la delegación (demarcación) semi-rural de Tláhuac a la zona suroeste de la capital.
La Línea Dorada o 12, de 20 estaciones, será inaugurada este verano, y transportará aproximadamente a 437.000 pasajeros diarios a través de la parte sur de la ciudad de México, reduciendo a la mitad del tiempo un recorrido que representa más de cuatro horas diarias en autobús o automóvil para mucha gente que vive en Tláhuac y en sus alrededores.
LAS CHINAMPAS DE TLÁHUAC
Antonio Palacios Martínez es una de las últimas personas en Tláhuac que aún se gana la vida sobre el agua, empujando con una pértiga su embarcación de madera a lo largo de canales y señalando gallinas de ciénaga y garzas al puñado de turistas que lo contratan para un paseo.
"Todos, absolutamente todos, hasta los más niños conocíamos las chinampas, veníamos a trabajar en las chinampas", comentó. "La mayoría de los jóvenes ya son profesionistas; ya no le ven tanto sentido en venirse a trabajar, a darle un rato en el sol", agregó.
TURISTAS EN LA VENECIA MEXICANA
Unos kilómetros más cerca del centro de la ciudad, los canales de la delegación de Xochimilco están llenos de turistas que visitan lo que algunos llaman la Venecia de México, para ver como lucía gran parte del valle antes de que los españoles comenzaran a drenarlo.
"En Xochimilco también ya está lleno de casas en la chinampa", dijo Mateos, de 42 años, mientras preparaba las semillas para sembrar en su chinampa. "Si hay mucho concreto, ya no hay forma de que se filtre agua en la tierra, sobre todo", indicó.
UN VALLE DE BARRIOS CONGESTIONADOS
Es un patrón que se repitió durante décadas conforme la ciudad de México se extendía hacia las orillas del valle, engullendo poblados pequeños, junto con calles de adoquín y plazas coloniales, y convirtiéndolos en barrios congestionados de vehículos de una de las áreas urbanas más grandes del mundo.
Pero Mateos refirió que también teme los efectos sobre el medio ambiente y el fin de su estilo de vida mayormente rural dentro de los límites de la capital del país. "La ciudad se está adueñando de todas de estas tierras que es el patrimonio de la humanidad".
No tiene sentido preocuparse por el futuro, opinó Lupe Martínez, un agricultor de 70 años que estaba labrando a mano su campo de melones a unos cientos de metros. La Línea Dorada es progreso, señaló. "Para mí es una chulada. Nunca pensaba yo que pudiera llegar al metro", expresó.